Saturday, September 17, 2005

Cataluña ya es una nación digital

Cataluña ha conseguido uno de los mayores éxitos de la glocalización, la sublimación de lo local gracias a la globalización. Cataluña ya es una nación digital y así se expresa en el dominio .cat, el primero que se concede para identificar una comunidad lingüística y cultural.
Todavía no es un .ct, un estado, pero en internet Cataluña logra identificar una realidad afianzada en su voluntad de ser una nación, diga lo que diga la Constitución o el nuevo estatuto.
Es una de las mayores victorias del nacionalismo catalán, que apunta al futuro, justo lo contrario que el nacionalismo, o resistencia, españolista.
Los nacionalismos son capaces de construir una idea de un futuro que se promete mejor. España mira tercamente hacia el pasado en un noventayochismo baldío.
El sentimiento trágico de España surgido a finales del siglo XIX y el que sufrimos ahora coincide en la incapacidad de imaginar un futuro donde unir las aspiraciones de los ciudadanos. El mejor resumen de ese pensamiento nefasto lo hizo el general Millán Astray cuando gritó a Miguel de Unamuno, cima del 98: "¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!".
Ese grito impotente y rencoroso es como esta España sin ideal, agotada por la irresponsabilidad autonómica, la dolce vita de los fondos europeos y la voracidad clientelista de los políticos, cómodamente aceptada por una sociedad donde el adjetivo civil sólo se asocia con guardia.
Cataluña juega a su propio futuro mientras todos.es parece una broma del marketing y el pensamiento mágico, incapaz de unir a nadie con iniciativa en una Red todavía minoritaria, territorio de pocos y ya demasiado plegada a las servidumbres de un tejido político, económico y académico de tantas herencias nefastas.
Se me dirá que eso, y más, ocurre en Cataluña. Y es verdad: clientelismo, burocracia, patrocinio político, secuestro de las ideas por la ideología. Pero se construye futuro mientras en otros sitios hay sólo lamentos por la imagen de desintegración, el flanco abierto en la proyección del castellano o la asunción por muchos de una personalidad que es irremediablemente nacional, al menos en lo digital.
.cat no será un chollo. Pegado a un .es que identifica una lengua universal quizá se viva mejor, pero el nacionalismo, como la voluntad, como la vida, es irracional.
El poder de la voluntad es infinito, pero hay que ejercerla, como recordaba Nietzsche pensando en Heráclito. Y ya Ortega y Gasset, uno de nuestros pocos intelectuales preocupado por construir algo más que una obra meritoria, llamaba la atención en 1930 sobre "la socialización del hombre", la "nostalgia del rebaño", la irrefrenable tendencia a la "publicación de la vida" (y eso que no había padecido la canícula rosa de hoy).
"La vida del europeo tiende a desindividualizarse. Todo obliga al hombre a perder unicidad y hacerse menos compacto". Hablaba del fascismo y los nacionalismos que unos años después arrasaron la Europa liberal, sueño ciudadano.
Pero hoy en España no hay proyecto ciudadano y los nacionalismos suplen la inevitable necesidad teleológica de los seres humanos. Y esos proyectos, apoyados en una revuelta de ricos, de regiones desarrolladas, se imponen transversalmente a toda la sociedad, por encima de partidos, de tendencias, de situaciones.
Tras la nación (digital) catalana están muchos: gobierno, empresas, partidos, academias. Tras la reivindicación de una España vital sólo andan unos pocos, y de algunos es mejor guardar la espalda y la cartera porque enseguida surge el navajeo reaccionario con puyas de revisionismos históricos y aburridas y estériles hecatombes desintegradoras.
El futuro se construye. Sólo o acompañado. El barbecho y el minifundio son economías del subdesarrollo.
En el universo digital Cataluña ya es nación por voluntad propia. Ciberia está todavía por hacer.

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