Caffarel asegura:
"En el medio de titularidad pública la influencia, si es que existe, está, en última instancia, legitimada por las urnas, y en el medio privado suele ser difusa, no reconocible, una mezcla de intereses políticos y comerciales".
La directora de la radio televisión estatal enarbola ese fundamentalismo democrático denunciado por Juan Luis Cebrián (aunque el periodista lo formuló contra el Partido Popular) y sanciona, con convicción, que los votos dan legitimidad a la manipulación gubernamental de los medios mientras los individuos y grupos siempre tienen intenciones aviesas.
Es la vieja teoría de la bondad natural del estado y la maldad intrínseca del egoísmo individual.
Caffarel demuestra ser una buena leninista, de las que creen que unos pocos enseñarán la verdad revolucionaria al resto, y pasa por encima de las primeras obligaciones de una televisión pública: educar, informar y entretener con imparcialidad y respeto a la verdad.
"La debida imparcialidad está en el corazón de la BBC. Es su valor fundamental y ningún área de programación está exenta de esta obligación. Todos los programas y servicios de la BBC deben ser abiertos, imparciales y mostrar respeto por la verdad".
Si la señora Caffarel hubiera oído con atención al siguiente interlocutor de las jornadas sobre la televisión en España organizadas por la Asociación de Periodistas Europeos, Stephen Whittle, director ejecutivo de política editorial de la BBC, quizá reconocería la cita.
Es el primer punto del Código de valores, criterios y principios de la BBC. Los principios que regulan el servicio audiovisual público más respetado del mundo.
Y sigue el código de esa BBC que hace poco se enfrentó a su propio gobierno para defender la información:
"La BBC debe retener su reputación de integridad editorial mientras refleja el mundo real.
La audiencia debe confiar en la integridad de los programas de la BBC. Debe ser cosciente de que las decisiones se toman sólo por buenas razones editoriales, no como resultado de una presión impropia".
Pero su saber académico podría haber recordado también el famoso informe de la Comisión Hutchins de 1947, que acabó con el empacho estatalista y la ingenuidad liberal al proclamar:
"El público siente que la prensa está dirigida por grupos de presión. Es problable que esos grupos sean tan buena influencia como mala. En este asunto no se puede considerar al gobierno representativo del pueblo como un todo".
Por eso la famosa comisión proponía la creación de un consejo independiente que intentase garantizar la veracidad e independencia de la información, más allá de legítimos intereses.
La Comisión Hutchins definió cinco objetivos fundamentales para la información pública:
1. hacer un real, comprensivo e inteligente relato de los acontecimientos diarios con contexto y sentido;
2. servir de foro para el intercambio de comentarios y críticas;
3. proyectar la visión de la realidad de los grupos relevantes en la sociedad;
4. presentar y explicar las metas y valores de la sociedad;
5. garantizar el acceso pleno a la información relevante del día.
Es el origen de toda la moderna teoría de la información: abierta, respetuosa de los valores sociales, crítica, plural y veraz.
Lo demás es propaganda o publicidad.
Caffarel tacha toda la información de origen privado como publicidad y se olvida que imponer el poder público (por muy democrático que sea) a la realidad, es propaganda.
La responsable de la radiotelevisión estatal maldice toda la teoría liberal de la comunicación e insiste:
"Si bien es cierto que una radiotelevisión de carácter público no puede ignorar la tendencia mayoritaria de una sociedad después de unas elecciones, también lo es que debe mantener una posición de autonomía, de independencia crítica --no de neutralidad-- para evitar convertirse en el apoyo más firme al gobierno de turno".
La independencia sometida a la "tendencia mayoritaria de una sociedad después de unas elecciones".
Y la verdad. Y la obligación de difundir diferentes ideas y criterios. Y el respeto a las minorías. Y la independencia. Y la objetividad.
Todo sepultado bajo el fundamentalismo democrático.
Todo sería una una lectura simplista del panorama informativo si la catedrática estuviese haciendo una descripción del escenario de la comunicación.
Es un pensamiento peligroso cuando lo formula quien tiene la responsabilidad de dirigir la radiotelevisión estatal. Caffarel debería recordar que el primer principio de la información es la verdad y la obligación de los medios averiguarla hasta donde sea posible.
La ponente recordó que la Constitución Española garantiza "comunicar o recibir libremente información veraz". Información veraz, dice, no mayoritaria.
Los sabios de la Comisión Hutchins recordaban que cuando los medios privados se inclinan a las apetencias mayoritarias del público surge el sensacionalismo. Cuando lo hacen los públicos, el totalitarismo informativo.
Nuestros otros sabios, reunidos en Comité para reformar la radiotelevisión pública, tienen mucho trabajo.
Por ahora pintan bastos.
elmundo.es - Caffarel considera que las urnas legitimarían la influencia del poder político en los medios públicos
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Coincido con Juan y su idea de que los lamentables comentarios de ayer de Caffarel parten de una concepción reaccionaria y anacrónica, por la cual el Estado siempre tiene la razón. Pero la verdad es que empiezo a pensar que lo que mueve a Caffarell no es tanto la maldad, como la incompetencia. Como desgraciadamente era de prever, ésta es la consecuencia de haber colocado a una aficionada al frente de una empresa gigantesca y en gravísima situación. Su exabrupto también es fácil de entender si recordamos la profesión de esta señora. Su universo mental es similar al de tantos catedráticos de universidad, cuyo conocimiento de la realidad es tan ínfimo que escasamente podrían obtener un empleo remunerado en el mercado de trabajo. Armados de cuatro ideas teóricas de saldo, son incapaces de entender cómo funcionan los medios de comunicación.
ResponderSuprimirY se supone que esta "especialista" en comunicación que cree que las urnas pueden legitimar la manipulación en la TV pública y los venerables ancianos que forman parte del comité de expertos van a inventarse un modelo nuevo de TV, que tenga calidad y rentabilidad.
Mi pronóstico más pesimista es que van a parir un modelo irreal que no acabará con la manipulación y que hará aún más grave la estafa que supone la deuda de un billón. Mi pronóstico pesimista es que los tiburones que pueblan el mundo de la TV se van a comer cruda a Caffarel y no van a dejar ni los huesos.
Al menos, ya hay alguien que ha sacado algo en limpio. A Emilio Lledó le han comprado con fondos públicos una televisión, porque no tenía ninguna en casa. Es como si nombran ministro de Economía a alguien que no sabe ni leer un balance.